El miércoles 21 de octubre, el Aula Magna de Centro Cultural CEINA recibió la primera Gala de la Danza, organizada en el marco del Día Nacional de la Danza, que se conmemora cada 19 de octubre en recuerdo del natalicio del maestro Patricio Bunster. La noche, con entradas agotadas, reunió a creadoras y creadores vinculados a la generación de los años 90 y homenajeó a las maestras Karen Connolly, Ximena Pino y Evelyn Cordero, y a la Compañía Generación del Ayer por sus 30 años de trayectoria.
La celebración fue diseñada junto a una mesa técnica con representantes de las carreras universitarias de danza de la Universidad de Chile, la Universidad Academia de Humanismo Cristiano, UNIACC y la Escuela Moderna de Música y Danza, que trabajó con CEINA desde abril. Al abrir la Gala, la directora ejecutiva del Centro Cultural CEINA, Francisca Las Heras, habló de lo que la comunidad de la danza perdió con la desaparición de muchos de sus espacios de encuentro y de lo que tiene por delante.
Discurso completo a continuación:

Buenas tardes a todos y todas.
Querida comunidad de la danza. Sean todos y todas muy bienvenidos a esta primera celebración del Día Nacional de la Danza en CEINA, en homenaje al natalicio del gran maestro Patricio Bunster.
Antes de continuar, quisiera expresar un especial agradecimiento a quienes me acompañaron en el diseño y la construcción de esta celebración.
A la mesa técnica, integrada por representantes de las carreras universitarias de danza: el profesor Carlos Delgado, Nicole Schonfeldt [VERIFICAR grafía], Lorena Hurtado, Jorge Olea y Javier Ibacache, desde CEINA, con quienes nos hemos reunido semanalmente desde el mes de abril. Gracias por su generosidad, compromiso y por aportar sus distintas miradas y experiencias para dar forma a esta iniciativa.
Quiero también agradecer especialmente a los equipos técnicos, de comunicaciones y de producción de CEINA, cuyo trabajo y dedicación han hecho posible lo que hoy veremos sobre este escenario.
No es fácil tomar la palabra en una sala tan grande y frente a un público tan significativo. Un público compuesto por artistas luchadores, valientes, resistentes, sensibles y, por sobre todo, trabajadores y trabajadoras incansables, que han dedicado su vida a esto que llamamos danza, pero que bien sabemos es mucho más que una disciplina artística. Es una manifestación profunda y abstracta del alma, algo que nos atrapa, que nos transforma y que, una vez que entra en nuestras vidas, difícilmente nos permite abandonarla.
Quizás muchos de ustedes se pregunten por qué desde CEINA hemos querido rendir este homenaje a la danza, recuperando una instancia de reunión y celebración.
Y la respuesta tiene mucho que ver con nuestra propia historia.
Hace ya muchos años, quienes fuimos estudiantes durante la década del 2000 —y sin duda también quienes nos antecedieron— vivimos una época en la que existían espacios que hoy recordamos con especial cariño. Centros coreográficos independientes, iniciativas impulsadas por el entonces Consejo de la Cultura, escuelas universitarias que hoy ya no existen y organizaciones que, con enorme fuerza y convicción, levantaban actividades y festivales capaces de convocarnos a todos y todas.
No importaba si lo nuestro era el espectáculo, el flamenco, la danza contemporánea, el ballet, la danza afro o cualquiera de los tantos lenguajes que convivían en nuestra escena. A pesar de nuestras diferencias, nos encontrábamos. Nos veíamos con frecuencia. Compartíamos escenarios, funciones, conversaciones y experiencias.
La danza tenía una presencia más activa en las carteleras de algunos teatros que alguna vez prometieron convertirse en su casa. Existían festivales interescuelas que nos permitían conocer a nuestros pares. Y de esas experiencias nacieron grandes amistades, complicidades artísticas y cruces de lenguajes que muchas veces terminaron convirtiéndose en creaciones colectivas.
Había algo muy valioso en todo eso: nos reconocíamos como parte de una comunidad.
Con el tiempo, muchas de esas iniciativas desaparecieron y otras fueron perdiendo fuerza. Y con ellas también disminuyeron las oportunidades de visibilidad y reconocimiento de nuestro quehacer.
Eran instancias que no solo permitían mostrar nuestras creaciones, sino también compartir con nuestros maestros y maestras, a quienes mirábamos con profunda admiración y respeto. Personas que habían recorrido caminos difíciles, dedicando años de trabajo y lucha para abrir posibilidades a quienes veníamos detrás.
Nos enseñaron, con su ejemplo, que defender la danza también es defender una forma de estar en el mundo. Que nuestro trabajo importa. Que la danza importa.
Y que es, probablemente, una de las manifestaciones más poéticas y conmovedoras de todas las artes.
Porque nuestro instrumento es nuestro propio cuerpo. Y el cuerpo es memoria. Es pasado, es presente y es futuro. Pero, sobre todo, es un cuerpo vivo.
La danza respira, suena, se mueve, se contrae, abraza, se golpea, se eleva, vuela. La danza es infinita.
(Hago aquí un paréntesis para valorar y aplaudir el trabajo que hacen el Festival EEE, Festival Movediza, Plataforma Danza Sur, Corredor Sur y muchos otros que continúan en la resistencia y en el esfuerzo por reunirnos).
Es precisamente desde esa convicción que en CEINA hemos querido poner un especial énfasis en esta disciplina, abriendo nuestros espacios a sus distintas manifestaciones, lenguajes y formas de creación.
Y este 2026 hemos dado un paso aún más significativo, situándola en el escenario principal de nuestra programación, donde ha representado cerca del 80% de las actividades de esta sala.
Esta noche rendiremos homenaje a quienes han sido protagonistas de esta historia.
Reconoceremos a tres grandes maestras: Karen Connolly, Ximena Pino y Evelyn Cordero.
Y aquí quisiera permitirme una pequeña licencia personal para dedicar unas palabras especialmente cariñosas a Evelyn, quien fue mi maestra durante casi veinte años y también maestra de mi madre, junto a sus hijas Beatriz y Bernardita.
Es un vínculo que atraviesa generaciones y que refleja algo muy hermoso de nuestro oficio: cómo el conocimiento, la sensibilidad y el amor por la danza se transmiten de un cuerpo a otro, dejando huellas que permanecen para siempre.
También homenajearemos a la Compañía Generación del Ayer, que celebra treinta años de trayectoria y que actualmente está integrada por Carmen Aros, Mabel Diana y Sonia Uribe. Mujeres que nos han demostrado, con una convicción admirable, que la danza no tiene fecha de término, que la pasión no se jubila y que este vínculo con el movimiento puede ser, verdaderamente, un matrimonio para toda la vida. Imposible no recordar a quien nos acompaña también, desde lugares estelares, Rayen Méndez, quien fuera una de las cofundadoras de esta compañía y cuya huella permanece viva en la historia y en sus compañeras de viaje y aventuras.
Por otra parte, hemos invitado a compartir a este escenario a destacados creadores y creadoras de la generación de los años noventa.
Y esta decisión tampoco es casual.
Queremos volver a mirar un momento de nuestra historia en el que proliferaron múltiples lenguajes, búsquedas y maneras de entender la creación coreográfica. Una generación de artistas que abrió caminos, desafió convenciones y amplió las posibilidades de nuestra danza.
Muchos de ellos y ellas fueron nuestros maestros, referentes e inspiradores. Gran parte de quienes estamos aquí hemos sido sus estudiantes, seguidores o discípulos.
Con el paso de los años, varios han concentrado parte importante de su trabajo en la docencia, una labor fundamental para la continuidad de nuestro arte. Pero hoy hemos querido convocarlos especialmente desde su faceta creadora, desde ese lugar donde nacieron muchas de las preguntas y búsquedas que marcaron su formación.
Quisiera aprovechar este momento para agradecer a cada una de ellas y ellos que con enorme generosidad y entusiasmo, aceptaron nuestra invitación a participar de esta celebración:
Beatriz Alcalde, Marcela Ortiz de Zárate, Generación del Ayer, Paola Aste, Teresa Alcaíno, Jorge Olea, Compañía Danza en Cruz, Luis Eduardo Araneda, Luz Condeza, Compañía de Danza Espiral, Carla Lobos y Verónica Varas.
Y también quiero reconocer a quienes hoy no pueden acompañarnos, pero que fueron parte fundamental de este período: Paulina Mellado, Nuri Gutes, Elizabeth Rodríguez, Marisol Vargas y Nelson Avilés, junto al Colectivo La Vitrina. A todas y todos ellos, mi reconocimiento y gratitud.
Porque además, creemos que es fundamental que las nuevas generaciones puedan conocer este legado.
Entender de dónde venimos, celebrar hasta dónde hemos llegado y reflexionar acerca de hacia dónde queremos ir.
Y es justamente ahí donde quisiera detenerme para compartir una última reflexión.
Estas palabras no buscan otra cosa que ser una invitación, pero también un llamado.
Un llamado a no dispersarnos, a mirar más allá de nuestras propias disciplinas, estéticas y trayectorias, y a comprender que compartimos una responsabilidad colectiva con el futuro de la danza.
Tenemos una enorme oportunidad de fortalecer nuestras organizaciones y construir representaciones más amplias, diversas y convocantes.
Porque ninguna transformación importante se construye desde el aislamiento. Nuestro oficio merece estructuras fuertes y colectivas que acompañen y sostengan el enorme esfuerzo de quienes lo hacen posible.
Vivimos tiempos convulsos. Tiempos en los que la cultura y las artes se ven amenazadas por miradas reduccionistas que parecen olvidar su profundo valor para la sociedad. Tiempos en los que las tecnologías avanzan a una velocidad extraordinaria y, aunque representan herramientas fundamentales para nuestro desarrollo, también nos enfrentan a nuevas preguntas sobre aquello que nos hace humanos.
Y quizás hoy, más que nunca, necesitamos precisamente eso: más humanidad.
En una sociedad atravesada por la desconfianza, el individualismo y, muchas veces, por la pérdida de esperanza, nuestro arte tiene una fuerza que es transformadora. Debemos confiar en ella.
Por eso, quisiera terminar agradeciendo a cada uno y cada una de ustedes por estar aquí. Por seguir creando, enseñando, interpretando, produciendo, gestionando y defendiendo este oficio, incluso cuando las condiciones no son las que merecemos.
Abramos caminos a nuevas ideas, nuevas voces y nuevas miradas y, sobre todo, fortalezcamos la voluntad de construir juntos un proyecto colectivo que nos represente y celebre la riqueza de lo diverso.
Que esta fiesta no sea solamente una hermosa noche de homenajes y presentaciones. Que sea también el comienzo de nuevas conversaciones, complicidades y proyectos que nos permitan imaginar el futuro que queremos para la danza en Chile.
Que nunca dejemos de movernos, de reconocernos en los demás y de defender aquello que amamos.
Muchas gracias.


















